El huachicol ya compite con Dos Bocas: refinería ilegal operaba al 10% de la capacidad de la megaobra de Pemex
Por: Leticia Villeda.
Durante años, la palabra huachicol evocó una imagen relativamente sencilla: una toma clandestina, una manguera conectada a un ducto y bidones llenos de combustible robado. Esa postal empieza a quedarse corta. El aseguramiento de una instalación clandestina en Reynosa, Tamaulipas, revela una transformación mucho más profunda: el robo y contrabando de hidrocarburos han evolucionado hacia estructuras capaces de almacenar, transportar, procesar y comercializar combustibles a una escala que obliga a mirar el fenómeno como una verdadera economía criminal.
El pasado 21 de julio, autoridades federales aseguraron en Reynosa una instalación que concentraba casi cuatro millones de litros de hidrocarburos, además de siete tanques verticales –tres con capacidad de 20 mil barriles y cuatro de 10 mil–, motobombas, generadores, vehículos y equipo de vigilancia. La dimensión de la infraestructura hizo que fuera identificada como una “refinería clandestina”. De acuerdo con cierta fuente periodística, la instalación podía procesar hasta 14 mil barriles de crudo diarios y obtener gasolina, diésel y turbosina. La propia publicación advierte que esos datos de operación no han sido confirmados oficialmente por la autoridad militar.
La cifra, sin embargo, sirve para dimensionar el salto cualitativo. Catorce mil barriles diarios equivalen a alrededor de 2.2 millones de litros de crudo. No significa que todo terminara convertido en gasolina –una refinería genera distintas corrientes y productos–, pero sí muestra que el negocio clandestino dejó de depender exclusivamente de sustraer combustible terminado. Ahora puede incorporar procesos de transformación para elevar el valor de la mercancía ilícita.
El caso de Reynosa no es aislado en su lógica operativa, aunque sí destaca por su escala. En distintos aseguramientos realizados en los últimos años en México –principalmente en Tamaulipas, Veracruz, Hidalgo, San Luis Potosí y el Bajío– las autoridades han documentado instalaciones que van desde patios de almacenamiento hasta centros de “mezcla” y procesamiento rudimentario de combustibles.
Si se toma como referencia el caso más grande documentado públicamente –estede Reynosa con 14 mil barriles diarios—, este tipo de instalaciones representa una fracción relevante cuando se compara con la infraestructura formal del país. La refinería Olmeca de Dos Bocas, en Paraíso, Tabasco, procesó en mayo de 2026 un promedio de 144 mil 446 barriles diarios, de acuerdo con datos oficiales de Petróleos Mexicanos (base de datos institucionales Pemex). En otras palabras, una sola instalación ilegal de gran escala puede alcanzar casi una décima parte del volumen que procesa una de las refinerías estratégicas del país en operación real.
La imagen de Reynosa lo resume con crudeza: el huachicol mexicano ya no cabe en un bidón. Puede esconderse en una empresa, viajar en ferrocarril, cruzar una frontera, ocupar tanques industriales o convertirse en un negocio millonario. Y cuando se observa que una sola instalación clandestina puede alcanzar hasta el 10% del procesamiento mensual de una refinería como Dos Bocas, el fenómeno deja de ser marginal para convertirse en una estructura paralela de escala industrial.
El verdadero tamaño del huachicol no se mide únicamente en litros decomisados. Se mide en la capacidad que ha construido para penetrar cadenas productivas, fiscales y comerciales. Y ahí está el reto de fondo: no solamente impedir que se robe el combustible, sino desmontar toda la economía que permite que ese combustible ilegal encuentre quién lo importe, transporte, transforme, financie y venda.
Esto dimensiona mucho mejor el huachicol: ya no estamos hablando únicamente de litros robados de un ducto, sino de una actividad que, en determinados casos, puede alcanzar una escala industrial y económica de miles de millones de pesos.Pero sobre todo es un desafío abierto en todos los planos al Estado mexicano por parte del crimen organizado.

