Los ciclos del poder y el retorno de la historia.
Por: Alberto Benítez Tiburcio
Existe una explicación recurrente para la crisis de las democracias: culpar al populismo. Según esa narrativa, las instituciones se debilitan porque aparecen dirigentes carismáticos capaces de explotar el enojo social, dividir a la ciudadanía y concentrar el poder. Sin embargo, esa explicación confunde el desenlace con el proceso. Los populismos rara vez son el origen de la crisis; con mayor frecuencia son el síntoma de un deterioro que comenzó muchos años antes.
Hace unas semanas leí End Times, del historiador Peter Turchin quien concluye que las democracias empiezan a perder estabilidad cuando se rompe el equilibrio entre tres elementos que deberían reforzarse mutuamente: una prosperidad razonablemente compartida, instituciones capaces de generar confianza y liderazgos comprometidos con preservarlas. Cuando ese equilibrio desaparece, el conflicto político deja de canalizarse por las reglas y comienza a dirigirse contra ellas.
La historia demuestra que ninguna sociedad permanece estable únicamente porque su economía crezca. El crecimiento deja de integrar cuando ya no mejora la vida de la mayoría. La movilidad social se reduce, la desigualdad crece y las nuevas generaciones comienzan a sospechar que vivirán peor que sus padres. La frustración colectiva no nace exclusivamente de la pobreza, sino de la percepción de desigualdad y que el esfuerzo ha dejado de ser un camino confiable para progresar.
Al mismo tiempo, una parte creciente de la riqueza comienza a concentrarse en sectores cada vez más reducidos. El problema aparece cuando los beneficios del crecimiento dejan de distribuirse de manera suficientemente amplia como para sostener la cohesión social. Los ciudadanos dejan de creer que el mérito explica el ascenso social y empiezan a pensar que las oportunidades dependen cada vez más de pertenecer al grupo correcto.
Ese proceso suele venir acompañado por un Estado sometido a presiones crecientes. El endeudamiento aumenta, los servicios públicos pierden calidad, la capacidad de inversión disminuye y las instituciones comienzan a mostrar signos de fatiga. Conforme el Estado pierde eficacia, también pierde legitimidad.
Es justamente en ese contexto donde los liderazgos adquieren un papel decisivo. Turchin denomina élites a estos grupos, no en un sentido económico o aristocrático, sino en el sentido clásico de la ciencia política: las personas que, desde distintas posiciones, tienen capacidad para influir en las decisiones colectivas. Gobernantes, jueces, legisladores, empresarios, dirigentes sociales o altos funcionarios forman parte de ese universo. Ninguna democracia puede prescindir de ellos. La cuestión nunca ha sido su existencia, sino la forma en que ejercen la responsabilidad que les ha sido confiada.
La desintegración comienza cuando también desaparece la movilidad dentro de esos propios liderazgos. Los espacios de decisión dejan de renovarse, las oportunidades de acceso al poder se estrechan y distintos grupos empiezan a competir por un número limitado de posiciones estratégicas. La política deja entonces de ser un mecanismo de representación para convertirse en una lucha permanente por el control de las instituciones. Cada facción intenta ocupar todos los espacios disponibles porque entiende que perder significa quedar excluida del sistema. El pluralismo se transforma en tribalismo y el adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en una amenaza existencial.
Las grandes rupturas históricas no suelen originarse únicamente en la inconformidad de las mayorías, sino en la convergencia entre ese descontento social y las disputas internas de quienes aspiran a conducir el poder. La historia ofrece numerosos ejemplos. La República romana se consumió en la rivalidad entre sus propios grupos dirigentes antes de sucumbir al Imperio. Las guerras de religión francesas combinaron crisis económicas, deterioro fiscal y una feroz competencia entre facciones aristocráticas. La Revolución Francesa fue encabezada por una burguesía ilustrada que reclamaba acceso a un sistema político cerrado. Incluso la independencia de la Nueva España difícilmente puede comprenderse sin la disputa entre criollos y peninsulares por el acceso a los principales cargos del gobierno virreinal. En todos esos procesos existían agravios sociales reales, pero las crisis adquirieron una dimensión revolucionaria cuando coincidieron con una competencia cada vez más intensa entre los propios grupos dirigentes.
Las democracias no se destruyen exclusivamente por culpa de un líder, de un partido o de una ideología. Se deterioran cuando coinciden durante demasiado tiempo el estancamiento del bienestar, la concentración de la riqueza, el debilitamiento del Estado y la incapacidad de los liderazgos para aceptar reglas compartidas de competencia y renovación. Cuando esos factores convergen, la política deja de resolver conflictos y comienza a producirlos.
El populismo encuentra ahí un terreno particularmente fértil. No crea la crisis; la interpreta. Ofrece culpables visibles, respuestas sencillas y la promesa de que basta con desplazar a un grupo para corregir problemas que en realidad son estructurales. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que con frecuencia termina reproduciendo aquello que criticaba: concentra poder, debilita los contrapesos y convierte las instituciones en patrimonio de una mayoría circunstancial.
Quizá la lección más importante sea que las democracias no sobreviven únicamente gracias a sus constituciones ni a la celebración periódica de elecciones. Sobreviven porque logran preservar un delicado equilibrio entre prosperidad compartida, instituciones eficaces y liderazgos responsables capaces de renovarse dentro de reglas aceptadas por todos. Cuando los tres comienzan a deteriorarse simultáneamente, la historia enseña que la desintegración deja de ser una posibilidad remota para convertirse en un riesgo real.
Las diferencias políticas son inevitables y constituyen la esencia de una sociedad libre. Lo verdaderamente peligroso aparece cuando los mecanismos para procesarlas dejan de funcionar y la disputa por el poder sustituye a la responsabilidad de gobernar. Ninguna democracia colapsa de un día para otro. Antes de quebrarse, pierde lentamente la capacidad de renovar sus liderazgos, de distribuir oportunidades y de convencer a sus ciudadanos de que las reglas siguen siendo comunes para todos. Es entonces cuando el equilibrio se rompe y la política comienza, silenciosamente, a volverse contra sí misma.

