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El amor por México en nuestro Mundial

Jueza Amarande Riojas Orozco

La Copa Mundial de Futbol 2026 ya comenzó y México vuelve a ser anfitrión de uno de los eventos más importantes del planeta. Durante estos primeros días, las calles, las plazas, los estadios y los hogares se han llenado de una energía especial que trasciende el deporte. Se respira entusiasmo, orgullo y una emoción colectiva que nos recuerda quiénes somos como nación.

Más allá de los resultados en la cancha, el Mundial ha puesto nuevamente ante los ojos del mundo aquello que distingue a los mexicanos: nuestra calidez, nuestra capacidad de celebrar, nuestras ocurrencias, nuestra solidaridad y la pasión con la que vivimos cada acontecimiento importante. Incluso quienes no son aficionados al futbol han podido contagiarse de la alegría que hoy se siente en cada rincón del país.

Sin embargo, sería un error pensar que esta felicidad colectiva borra los desafíos que enfrentamos como sociedad. México sigue siendo una nación marcada por profundas heridas. Hay madres que continúan buscando a sus hijas e hijos desaparecidos; mujeres que esperan justicia después de haber sido víctimas de violencia; comunidades que exigen seguridad, igualdad de oportunidades y mejores condiciones de vida. Existe inconformidad social y una larga lista de problemas que requieren atención urgente.

Reconocer esta realidad no significa renunciar a la celebración. Al contrario. La alegría que hoy vivimos también es auténtica. Es una fuerza que impulsa a millones de mexicanos a seguir soñando, a creer en sus capacidades y a confiar en que un mejor futuro es posible. La esperanza también forma parte de nuestra identidad nacional.

Por eso, mientras disfrutamos del ambiente mundialista, es importante mantener la mirada puesta en los retos que tenemos como país. El espíritu nacionalista que hoy nos une debe convertirse también en un compromiso permanente con la justicia, la seguridad y el bienestar de nuestra gente. Celebrar a México implica reconocer tanto sus grandezas como sus pendientes.

En estos días hemos visto innumerables ejemplos de lo mejor de nuestra esencia. Uno de ellos es la historia de Santi, el niño que, con toda la ilusión del mundo, utilizó lo que tenía a su alcance para vestir los colores de su selección y apoyar a su país. Su imagen se volvió símbolo de algo mucho más profundo que el futbol: la capacidad del mexicano para enfrentar las adversidades sin perder la esperanza.

Esa es la verdadera magia de México. La de un pueblo que encuentra motivos para seguir adelante aun en los momentos más difíciles. La de personas que no se rinden, que luchan por sus sueños y que reciben a quienes nos visitan como si estuvieran en su propia casa. Un pueblo apasionado, auténtico y resiliente.

El Mundial pasará. Los estadios volverán a la normalidad y las celebraciones terminarán. Pero ojalá que el orgullo, la unidad y la esperanza que hoy sentimos permanezcan más allá de la competencia. Porque el verdadero triunfo de México no se medirá únicamente en goles o resultados deportivos, sino en nuestra capacidad de construir un país más justo, más seguro y más humano para todos.

Mientras tanto, disfrutemos este momento histórico. Celebremos nuestra cultura, nuestra gente y nuestra identidad. Porque, con todas sus contradicciones y desafíos, México sigue siendo un país extraordinario que nunca deja de sorprender al mundo.

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