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¿Y tú, por qué estudiaste Derecho?

Por: Mtro. Luis Enrique Osuna Sánchez

Hace años, antes de que aprendiéramos a contestar demandas, formularconceptos de impugnación, interpretar jurisprudencia, redactar sentencias, promover amparos o discutir durante horas sobre el sentido de una norma, hubo un momento en que decidimos estudiar Derecho. Éramos jóvenes y probablemente no entendíamos del todo en qué nos estábamos metiendo, pero alguna razón tuvimos, una idea nos atraía y de alguna manera pensábamos que desde el Derecho podíamos hacer algo importante.

¿Te acuerdas por qué lo decidiste? No me refiero a la respuesta que hoy daríamos después de veinte o treinta años de profesión, sino a la que probablemente hubiéramos dado cuando comenzábamos. En ese momento no sabíamos todavía que muchos juicios parecen interminables, no conocíamos de la fatalidad de lostérminos, ni de cargas de trabajo, ni de clientes difíciles que no siempre nos dan toda la información para defenderlos, no sabíamos de audiencias, ni de lasderrotas tan presentes en el sistema adversarial tradicional, no imaginábamos las frustraciones que acompañan a nuestra profesión, ni de lo difícil que puede ser cobrar nuestros honorarios, tampoco vislumbramos que desarrollaríamos una muy extraña capacidad: la de hablar de un conflicto humano como si fuera únicamente un problema jurídico.

Sé que muchos de nosotros entramos a la carrera pensando que el Derecho servía para hacer justicia, aunque después descubrimos que definir qué significa justicia es una tarea que nos llevará toda la vida. Algunos querían defender personas, otros combatir abusos, imaginábamos ser magistrados, obtener una plaza en el Poder Judicial de la Federación, ser ministerios públicos, o servidores públicos de buen nivel en alguna dependencia estatal o federal, nos imaginamos como litigantes o simplemente ejerciendo una profesión que nos permitiera aportar algo. 

Seguramente también había razones económicas, familiares, de prestigio o personales, pero creo que detrás de muchas de ellas existía una idea bastante simple, queríamos que nuestra futura profesión tuviera algún sentido.

Éramos algo ingenuos, sin duda, pero con el paso de los años he llegado a pensar que quizá no toda aquella ingenuidad era algo de lo que debíamos desprendernos, por el contrario, debemos rescatarla.

Entramos a clases y nos enseñaron Derecho como se supone tenían que enseñárnoslo. Aprendimos leyes, procedimientos, competencias, recursos, excepciones, términos, jurisprudencia y técnicas de argumentación. Nos enseñaron a encontrar el error de la contraparte, a detectar una contradicción, a construir un argumento y después otro mejor, a impugnar, objetar, defender y anticiparnos a lo que probablemente diría quien estaba enfrente. Nos hablaron de imparcialidad, objetividad y en mi caso expresamente me dijeron que “un buen abogado tenía que ser frío y no emocional”.

Fuimos formados para la confrontación, y tampoco encuentro algo necesariamente malo en ello. Yo sigo creyendo profundamente en el litigio, en los tribunales, en el debido proceso, en la legalidad y en la necesidad de contar con abogados capaces de defender con enorme firmeza a una persona cuando sus derechos han sido vulnerados. Pero, creo que el problema aparece cuando inconscientemente comenzamos a pensar que esa era la única forma posible de ejercer bien nuestra profesión y que todo conflicto tiene necesariamente un ganador y un perdedor.

Con los años desarrollamos una marcada distancia frente a aquello que antes nos conmovía. Una persona se convirtió primero en nuestro cliente, después en el actor, el demandado, el quejoso, el contribuyente, la autoridad y, finalmente, muchas veces, en un número de expediente. No creo que eso ocurra porque los abogados seamos personas naturalmente insensibles, más bien ocurre porque trabajar diariamente con conflictos obliga también a desarrollar mecanismos para protegernos de ellos.

Pareciera que no es correcto y posible cargar emocionalmente con cada problema que llega a nuestras manos porque además de ser humanamente imposible terminaríamos agotados si viviéramos como propio cada divorcio, cada sanción, cada injusticia, cada deuda, cada problema fiscal, cada responsabilidad administrativa o cada persona que llega desesperada a pedirnos ayuda.

En cada caso pareciera que algo importante fuimos perdiendo. Celebramos una sentencia favorable pero ya no nos preguntamos qué ocurrió con las personas detrás de la disputa después de obtenerla, podemos considerar exitoso un juicio que duró cinco años porque finalmente lo ganamos y nos pagaron bien, aunque durante todo ese tiempo nuestro cliente haya sufrido dentro del conflicto. También podemos explicar con absoluta precisión jurídica por qué alguien perdió un asunto y no advertir que esa persona nunca entendió lo qué pasó, no tiene certeza porqué se decidió lo que se decidió.

Frecuentemente pienso en qué diría de mi aquel estudiante que decidió entrar a la Facultad de Derecho. Probablemente estaría orgulloso de muchas cosas, de todo lo aprendido, de haber construido una profesión, de haber superado dificultades, de ocupar determinados espacios y de haber podido ayudar a muchas personas. Pero también creo que me haría preguntas que quizá hoy prefería no hacerme.

Por eso en un ejercicio de reflexión creo que es muy sano que nos preguntemos: ¿En qué momento escuchar comenzó a parecernos una pérdida de tiempo? ¿Cuándo confundimos firmeza con dureza, o entender a la contraparte con darle la razón? ¿En qué momento comenzamos a pensar que resolver un conflicto era menos importante que ganar un juicio, o que el reconocer la preocupación de alguien podía debilitarnos como abogados?

No tengo una sola respuesta y tampoco creo que exista. En mi caso, el estudio de la Justicia Terapéutica, de los mecanismos alternativos de solución de controversias y, en general, de otras formas de mirar los conflictos jurídicos me obligó y me obliga constantemente a regresar a estas ideas, pero no porque haya dejado de creer en el Derecho que aprendí en la Universidad y en el ejercicio de la profesión, sino precisamente porque después de tantos años de verlo desde distintos lugares cada vez me resulta más difícil separar del todo la solución jurídica de los efectos que esa solución produce en las personas.

La Justicia Terapéutica parte de una idea que para mí resulta cada vez más importante, las leyes, los procedimientos y la manera en que actuamos quienes trabajamos con el Derecho producen efectos en el bienestar emocional de las personas. No significa sacrificar la legalidad, la imparcialidad ni el debido proceso para intentar que todos se sientan bien, tampoco significa convertir al abogado o al juez en terapeuta. Significa algo mucho más sencillo y al mismo tiempo más difícil, tener presentes que la forma en que aplicamos el Derecho importa y mucho.

Así es, escuchar a una persona no modifica la ley, explicarle con claridad una decisión tampoco compromete nuestra imparcialidad y reconocer que alguien está frustrado no significa concederle jurídicamente la razón. 

De la misma manera, intentar dialogar no significa renunciar a defender, como tampoco buscar una solución consensuada significa aceptar cualquier cosa con tal de evitar el litigio.

Quizá por mucho tiempo confundimos algunas de esas cosas porque nuestra formación se concentró, evidentemente, en enseñarnos cómo abordar al conflicto. Aprendimos bien a iniciar procedimientos, ofrecer pruebas, formular agravios, controvertir, impugnar y llevar una discusión hasta sus últimas consecuencias, pero no dedicamos el mismo tiempo a aprender cómo salir, cómo saber cuándo el conflicto ya cumplió su función o cuándo el seguir litigando puede producir inclusomás daño que aquello que originalmente buscábamos resolver.

El tiempo nos ha enseñado que ser un buen abogado no significa necesariamente ser la persona que más habla en una mesa, la que utiliza el lenguaje más sofisticado o la que consigue llevar cada disputa hasta la última instancia. A veces significa decirle a nuestro cliente que tiene razón, pero que quizá existen mejores caminos para resolver lo que le preocupa. Otras veces significa decirle exactamente lo contrario y explicarle que aquello que quiere carece de sustento jurídico, no obstante que podríamos cobrarle durante años por intentarlo.

Ahí aparece una responsabilidad profesional de la que hablamos menos. Un abogado no solamente administra normas y procedimientos, también administra en buena medida las expectativas, los temores y los conflictos de las personas que confían en él. Podemos alimentar esos conflictos, prolongarlos, endurecerlos y convertir cada desacuerdo en una batalla, o podemos saber reconocer cuándo la firmeza es necesaria y cuándo lo verdaderamente profesional consiste en ayudar a encontrar otra salida.

Quiero ser muy claro, no estoy proponiendo una abogacía ingenua, sentimental o incapaz de confrontar. Hay momentos en los que debemos litigar con toda la fuerza que permita el Derecho, asuntos en los que conciliar sería imposible e incluso situaciones donde cualquier intento de acuerdo terminaría legitimando una injusticia. Pero hay otros conflictos donde seguir peleando solamente porque sabemos hacerlo no es la mejor forma de atender a quien llegó buscando nuestra ayuda.

Por eso creo que deberíamos volver de vez en cuando a aquella pregunta inicial y recordar qué era lo que esperábamos de nosotros mismos cuando decidimos estudiar esta carrera. No para llenaros de nostalgia o para pretender recuperar exactamente a la persona que éramos en ese entonces, porque también sería absurdo dejar de lado todo lo que los años y la profesión nos han enseñado. Lo valioso radica en saber si todavía queda algo de aquella convicción de que el Derecho podía servir para mejorar la vida de las personas.

Cuando somos jóvenes podemos pensar que vamos a cambiar el mundo y después descubrimos que el mundo resulta bastante más difícil de cambiar de lo que suponíamos.

Probablemente nos equivocamos en la dimensión de aquello que significaba cambiarlo, porque no siempre se trata de transformar instituciones completas, reformar todas las leyes o ganar casos extraordinarios. A veces puede ser algo mucho más pequeño. 

Un cambio puede ser pequeño y no por ello menos importante. Si una persona sale de nuestro despacho sintiéndose menos perdida de cómo llegó, si alguien comprende finalmente una decisión que afecta su vida, si una autoridad escuchaantes de responder, si un juez recuerda que detrás de ese expediente hay alguien esperando desde hace años, si un abogado es capaz de terminar un conflicto en lugar de prolongarlo o si una persona puede decir que, aun cuando no obtuvo todo lo que quería, fue tratada con respeto y entendió lo que ocurrió. Estamos cambiando al mundo.

Después de tantos años seguimos siendo abogados y probablemente seguiremos discutiendo normas, interpretaciones, competencias, procedimientos y jurisprudencia, porque eso es parte de lo que somos y porque para eso nos preparamos. Pero quiero pensar que detrás de todo eso aun permanece algo de aquel joven que un día decidió estudiar Derecho sin conocer realmente todo lo que vendría después.

Esa joven persona no sabía todavía mucho de leyes, pero sí sabía algo que a veces nosotros, después de tantos años de ejercer, corremos el riesgo de olvidar. El Derecho solamente tiene sentido porque detrás de cada norma, cada procedimiento, cada sentencia y cada expediente existen personas y solo por eso, de vez en cuando, valdría la pena volver a preguntarnos con sinceridad, ¿y tú por qué estudiaste Derecho?

Transformar el mundo era una aspiración quizá demasiado grande para aquel estudiante que alguna vez fuimos pero transformar, aunque sea un poco, la experiencia de una persona frente al Derecho sigue estando a nuestro alcance.

Y tal vez, después de todo, por eso estudiamos Derecho.

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