Litigar la trampa: cuando al abogado le estorba la verdad
Por: Aneshuarely Amarande Riojas Orozco
Hay litigantes que no se conforman con ganar un juicio: exigen, además, el monopolio de la historia. Quieren el fallo a su favor y el control absoluto del relato público. Deciden qué documentos trascienden, qué testimonios merecen escucharse y cuándo conviene apagar las preguntas. Luego se rasgan las vestiduras si la sociedad desconfía, acusando de injusta cualquier mirada crítica.
Cuesta concederles crédito cuando buena parte de su estrategia consiste en dinamitar los hechos. En México conocemos de sobra ese libreto: expedientes a los que milagrosamente les falta la foja clave; testimonios mutilados para dejar viva solo la frase a modo; verdades a medias que ocultan el fondo del asunto. Todo se presenta con modales intachables y elegancia técnica. Las piezas aportadas pueden ser reales, pero el engaño está en cómo se acomodan y, sobre todo, en lo que deliberadamente se calla. La mentira más peligrosa siempre se disfraza con fragmentos de verdad.
Hablemos con claridad. Defender a alguien exige controvertir pruebas, denunciar irregularidades de la autoridad y hacer valer la Constitución, aunque incomode a la contraparte o enfurezca al clamor social. La defensa técnica no está obligada a facilitarle la chamba al acusador. En un Estado de derecho, jamás debemos tolerar que, so pretexto de una supuesta justicia rápida, se pisoteen las garantías fundamentales. Confundir la firmeza procesal con una artimaña sería una deshonestidad inaceptable.
Sin embargo, hay una frontera ética elemental: la distancia irreconciliable entre una objeción fundada en derecho y un pretexto prefabricado para no rendir cuentas.
Pensemos en un documento con una firma auténtica. Su autenticidad no resuelve, por sí sola, el alcance del acto ni la legitimidad de sus consecuencias; puede haber razones válidas para discutirlas. La perversión ocurre cuando esa discusión se utiliza como cortina de humo para impedir que se examine lo que el papel reconoce, compromete o revela. Se litiga contra el trazo de la tinta para no responder por lo firmado. Así, la verdad de fondo queda sepultada bajo un laberinto de incidentes diseñados con un solo propósito: que el fondo jamás se toque.
La sospecha no basta; la deslealtad procesal debe acreditarse. Pero, una vez descubierta la maniobra, no hay motivo para aplaudirla como si fuera destreza jurídica. Un argumento no se vuelve respetable por estar redactado con pulcritud, ni la mala fe adquiere dignidad solo porque logre vestirse con términos jurídicos.
Lo más preocupante en nuestro país es la facilidad con que se confunde esa simulación con brillantez. Al litigante que consigue ocultar un hecho decisivo se le aplaude como si lo hubiese desvirtuado. A quien arrebata una resolución por mero trámite se le permite pregonar en medios que triunfó su versión, callando que la decisión judicial apenas rozó la superficie. Entre lo que el tribunal sentenció y el espectáculo que se vende afuera cabe un abismo de manipulación.
Quien conoce las entrañas del expediente carga con una responsabilidad ineludible frente a la sociedad. Sabe con exactitud qué se probó y qué quedó pendiente. Quien abusa del desconocimiento de la gente para vender certezas falsas y luego descalifica a quien pide leer la sentencia completa, demuestra el pavor que le tiene al texto íntegro.
Esto no implica juzgar al justiciable; culpar a la persona defendida por las trampas de su abogado sería otra injusticia inadmisible. Lo que queda en ruinas es la estatura moral de quien pretende litigar en los micrófonos lo que no pudo sostener con probidad en el tribunal.
Ganar importa; en los juzgados están en juego la libertad, el patrimonio y la tranquilidad de las familias. Precisamente por ello, la lealtad a quien busca auxilio legal merece algo más digno que un catálogo de trucos. Merece una abogacía capaz de distinguir la valentía procesal del engaño.
Se podrá arrancar una ventaja procesal silenciando los hechos; lo cínico es exigir aplausos y prestigio por haberlo conseguido. Quien necesita esconder la realidad para salir avante debería tener, por lo menos, la decencia de no autonombrarse paladín de la justicia.
La abogacía no es el arte de hundir la verdad en el fango de los expedientes. Es el deber de sostener una causa de cara a la nación, con la convicción inquebrantable de que una victoria construida sobre la mentira nunca será justicia, sino la más cobarde de las derrotas.

