La pigmentocracia mexicanaAlberto Benítez Tiburcio
Por: Alberto Benítez Tiburcio
Durante mucho tiempo, México se mostró cómodo con una idea de sí mismo que hoy resulta difícil de sostener. Nos repetíamos que éramos una sociedad mestiza, una nación que había resuelto sus fracturas raciales mediante la mezcla, una república donde las diferencias de origen tendían a diluirse con el paso de las generaciones. Esa narrativa tenía una virtud política evidente: permitía imaginar una comunidad nacional homogénea y relativamente igualitaria. También tenía un inconveniente: era falsa.
No hacía falta mirar con demasiada atención para advertir que los puestos directivos de las empresas y el gobierno, las figuras más visibles de los medios y gran parte de los grupos que ocupaban posiciones privilegiadas compartían rasgos similares: el tono de piel y el origen social.
Las últimas décadas han aportado abundante evidencia sobre una realidad que durante mucho tiempo se prefirió ignorar. El color de piel sigue siendo un factor relevante para explicar oportunidades educativas, ingresos e incluso percepciones de confianza y autoridad. Dicho de otro modo: la pigmentación continúa operando como un criterio informal de jerarquización social.
No estamos hablando solo de racismo, ni exclusivamente de clasismo. La discusión pública suele presentar ambos fenómenos por separado, como si fueran problemas distintos. En realidad, en México funcionan como piezas de un mismo mecanismo. El origen socioeconómico, el color de piel y el nivel educativo suelen reforzarse mutuamente.
El resultado es una estructura social notablemente rígida para un país que durante décadas se pensó a sí mismo como una sociedad abierta.
Las élites mexicanas, por supuesto, nunca se percibieron a sí mismas como élites cerradas. Ninguna élite lo hace. Suele atribuir su posición al esfuerzo, al talento, a la disciplina o a la preparación. Desde esa perspectiva, el éxito aparece como consecuencia natural del mérito individual. La explicación tiene una ventaja considerable: permite justificar privilegios sin reconocerlos como tales.
Por otro lado, la meritocracia neoliberal terminó por convertirse en una especie de religión secular. La idea parecía sencilla y razonable: quien trabaja más progresa; quien posee talento asciende; quien fracasa probablemente no hizo lo suficiente. Durante años ese relato resultó extraordinariamente eficaz porque transformaba problemas estructurales en asuntos de responsabilidad individual.
Al final, lo que observamos fue una experiencia prolongada de exclusión de la gran mayoría de la población con tonos de piel morenos y de origen indígena. No necesariamente pobreza extrema ni carencias materiales absolutas. Más bien la sensación persistente de que ciertas posiciones permanecen reservadas para otros. La impresión de que el reconocimiento, el prestigio y las oportunidades circulan dentro de circuitos relativamente cerrados y están relacionados con el tono de piel y con el origen socioeconómico previo.
Ese sentimiento resulta políticamente explosivo porque erosiona la legitimidad de las instituciones. Una democracia puede tolerar ciertos niveles de desigualdad económica. Lo que le resulta mucho más difícil soportar es la convicción generalizada de que la movilidad social se ha detenido.
Cuando amplios sectores de la población llegan a la conclusión de que el esfuerzo no basta, la promesa meritocrática pierde credibilidad. Cuando esa pérdida coincide con estructuras sociales que reproducen privilegios heredados, surge el resentimiento.
Buena parte de las turbulencias políticas de los últimos años, en México y en otras democracias, están relacionadas con este proceso. No son solo una reacción contra gobiernos, élites o partidos concretos. Expresan algo más profundo: el agotamiento de un orden democrático que prometió movilidad social y, en cambio, produjo estancamiento para millones de personas.
Las élites suelen sorprenderse al descubrir la magnitud del descontento. Desde su perspectiva, el país avanzó: la economía se modernizó, aumentó la cobertura educativa y se ampliaron numerosos derechos. Todo eso es relativamente cierto. Lo que con frecuencia no alcanzan a ver es que la experiencia cotidiana de amplios grupos sociales siguió marcada por barreras que nunca desaparecieron del todo.
La pigmentocracia mexicana no es únicamente un problema de discriminación. Es un mecanismo de reproducción de privilegios. Su efecto más corrosivo no consiste solo en limitar oportunidades individuales; consiste en restringir la pluralidad efectiva de la vida pública y debilitar la confianza en las promesas igualitarias de la democracia. La meritocracia, en tanto discurso legitimador, está entremezclada con esa pigmentocracia: celebra el mérito mientras naturaliza ventajas que, en la práctica, favorecen a quienes ya poseen privilegios asociados a la blanquitud y al origen socioeconómico.
Quizá por eso algunas de las heridas más importantes de nuestra vida colectiva siguen siendo tan difíciles de nombrar. Durante décadas preferimos pensar que vivíamos en una sociedad abierta porque la alternativa resultaba incómoda. Reconocer que el color de piel, el origen social y étnico siguen condicionando el destino de millones obliga a revisar creencias muy arraigadas.
Las desigualdades mexicanas no son únicamente económicas. También son históricas, culturales y simbólicas. Han moldeado la distribución del prestigio, del poder y de las oportunidades durante generaciones. Constituyen la consecuencia acumulada de una sociedad que habló constantemente de igualdad mientras aprendía, en silencio, a convivir con jerarquías que nunca desaparecieron.

