Semana Santa: El juicio que cuestiona la justicia
Por: Dr. Fernando Córdova del Valle, miembro del Colegio Nacional de Abogados Penalistas.
Cada Semana Santa nos invita a detenernos. Tomar conciencia y actuar en consecuencia. Más allá de su dimensión espiritual, abre también un espacio para reflexionar sobre la justicia a partir de uno de los procesos más conocidos de la historia: el seguido contra Jesús de Nazaret.
Desde una mirada jurídica, que no requiere ser creyente, ese episodio resulta revelador no solo por su desenlace, sino por la forma en que se construyó.
Jesús fue llevado primero ante autoridades religiosas y después ante el poder romano, en un tránsito donde la acusación se transformó de lo religioso a lo político. Más que un simple proceso, fue un caso en el que la narrativa cambió según el público, dejando ver la fragilidad de la justicia cuando se aparta de su esencia.
En ese contexto, el procedimiento se alejó de lo que hoy entenderíamos como un juicio con plenas garantías y derechos. La defensa fue limitada, los testimonios inconsistentes y la decisión final pareció responder más a la necesidad de resolver una tensión que a la búsqueda genuina de la verdad.
La figura de Poncio Pilato encarna un dilema que atraviesa los siglos. No se trató de ignorancia, sino de una decisión que no logró sostener lo que se sabía justo. Y ahí emerge una lección que permanece intacta: la justicia no solo exige conocimiento, exige carácter y templanza.
Hoy, quienes impartimos justicia enfrentamos desafíos no tan distintos y complejos. No desde la presión de las plazas, sino desde la urgencia, la expectativa y el peso de decisiones que impactan vidas. En ese escenario, cada resolución es más que un acto técnico: es una expresión de conciencia.
Por eso, estas fechas no son para señalar, sino para recordar. Recordar que la justicia es, ante todo, un acto profundamente humano. Que cada decisión importa. Que cada expediente encierra una historia. Vidas en juego. Que siempre existe la posibilidad —y la responsabilidad— de hacer lo correcto.
A quienes juzgamos, esta reflexión nos recuerda la grandeza del encargo: decidir con independencia y con firmeza.
A quienes buscan justicia, les ofrece algo esencial: la certeza de que el derecho es un espacio de dignidad, de escucha y de verdad.
Porque al final, la historia no se repite para condenarnos, sino para despertarnos.
No como una idea lejana, sino como una convicción viva: sostener la verdad, proteger la dignidad y honrar la justicia, incluso cuando hacerlo lo exige todo.
Porque habrá momentos —como entonces— en los que el ruido intente imponerse a la razón, en los que la presión pretenda sustituir a la verdad, y en los que decidir conforme a derecho implique incomodidad. Y es justo ahí donde se define la grandeza de la persona juzgadora: no en la facilidad de decidir, sino en la firmeza de hacerlo bien.
Jesús no fue vencido por la fuerza del derecho, sino por su ausencia. Su proceso no evidenció la debilidad de un hombre, sino la fragilidad de un sistema que cedió ante la presión. Aun así, su historia no quedó en la injusticia, sino en la conciencia. Porque cada vez que la justicia se ejerce con valentía, ese juicio encuentra respuesta. Y cada vez que se honra la verdad, la historia —al fin— comienza a redimirse.
Concluyo diciendo: Amén, que significa “así sea”. No con tinte religioso, sino de firmeza.

