¿Quién decidió que envejecer era una ofensa?
Por: Jueza Amarande Riojas Orozco.
Hace poco escuchamos una frase que debería hacernos sentir incómodos: “ya huelen a baúl”, no porque sea particularmente ingeniosa, sino precisamente porque no lo es. Porque detrás de esa expresión hay una idea mucho más profunda y preocupante: que cumplir años convierte a una persona en alguien menos atractivo, menos valioso, menos deseable o, simplemente, en alguien de quien está permitido burlarse.
La frase apareció recientemente en un video donde unas diputadas, Nay Salvatori y Graciela Palomares, tenían una conversación en tono de broma sobre hombres mayores y relaciones con personas de mayor edad. El contenido se hizo viral y generó críticas por utilizar la edad como motivo de ridiculización. Después vinieron las explicaciones y las disculpas, como suele ocurrir cuando una conversación que parecía destinada únicamente a las redes sociales, termina convirtiéndose en un asunto público. Y cabe preguntarnos ¿por qué hemos llegado al punto en que la edad puede utilizarse para denostar y minimizar a una persona y todavía esperamos que todo quede justificado diciendo “era una broma”?
Podemos discutir el humor, la libertad de expresión y hasta el mal gusto. Todo eso forma parte de una sociedad libre. Pero una cosa es hacer una broma y otra muy distinta es construir, aun sin darnos cuenta, la idea de que una persona vale menos porque tiene más años. Si utilizáramos como motivo de burla el color de piel, el origen, una discapacidad o alguna otra característica personal, probablemente reconoceríamos de inmediato el problema y la discriminación. Entonces, ¿por qué cuando se trata de la edad parece que todo está permitido?
Porque hoy vivimos obsesionados con alejarnos de la vejez. Queremos vernos jóvenes, aparentar menos años, esconder las canas, combatir las arrugas y mantenernos físicamente lejos de todo aquello que nos recuerde que el tiempo pasa. Pero no solamente intentamos alejarnos físicamente de la edad; también lo hacemos mentalmente. Nos cuesta aceptar que estamos cambiando, que nuestro cuerpo cambia, que nuestras prioridades cambian y que algún día necesitaremos de la experiencia que hoy quizá estamos despreciando. Y hay una verdad que no admite filtros ni tratamientos: todos estamos envejeciendo.
Hemos confundido juventud con valor, pensamos que lo nuevo necesariamente es mejor y que lo que lleva muchos años debe hacerse a un lado. Lo hacemos con las personas, pero también con las ideas, las instituciones, las costumbres y hasta con nuestra propia historia. Queremos avanzar muy rápido, pero cada vez tenemos menos paciencia para escuchar a quienes ya recorrieron una parte importante del camino. Y eso es un error.
Las personas mayores no siempre tienen la razón, como tampoco la tenemos los jóvenes. Pero quienes han vivido más poseen algo que nosotros todavía estamos construyendo: perspectiva. Han visto errores que nosotros quizá estamos a punto de cometer; han enfrentado consecuencias que todavía desconocemos y han sido testigos de cambios que para nosotros forman parte de la vida cotidiana. Han visto cambiar al país, las familias, las instituciones y la manera de relacionarnos. Escucharlos no significa vivir anclados en el pasado; significa entender de dónde venimos para tomar mejores decisiones sobre hacia dónde queremos ir.
Queremos que los jóvenes sepan utilizar las nuevas tecnologías, que sean competitivos, que aprendan idiomas, que emprendan y que tengan éxito. Y todo eso es importante, pero hay aprendizajes que no aparecen en una pantalla, ni se adquieren con un curso. También tenemos que enseñarles a ser mejores mujeres y hombres: a respetar, a escuchar, a cumplir su palabra, a reconocer un error, a hacerse responsables de sus decisiones y a entender que servir a los demás también es una forma de éxito.
Mis abuelitos fueron para mí un ejemplo de eso. De ellos aprendí que servir no significa solamente ocupar un cargo o tener una responsabilidad pública. Significa estar dispuesto a ayudar, hacer las cosas bien justamente aunque nadie esté viendo y comprender que nuestras acciones siempre tienen consecuencias en la vida de otras personas y he comprendido todavía más el valor de esas enseñanzas, porque hay cosas que uno entiende de manera distinta cuando empieza a tener más vida recorrida. Por eso debemos recuperar el valor de transmitir la experiencia, no para decirles a los jóvenes cómo deben vivir, ni para suponer que todo tiempo pasado fue mejor, sino para compartir aquello que nos costó aprender. Una generación que conoce los errores de la anterior tiene una posibilidad mayor de no repetirlos. Y una sociedad que pierde la memoria termina condenándose a tropezar con las mismas piedras.
Las declaraciones de las diputadas deberían servirnos para algo más que para indignarnos unos días y después pasar a la siguiente polémica. Tampoco se trata de convertirlo en una guerra entre partidos. El edadismo no tiene partido político. Puede aparecer en una conversación familiar, en una oficina, en una institución pública, en una entrevista de trabajo o en un comentario aparentemente inocente entre amigos. El problema comienza cuando dejamos de ver a la persona y empezamos a verla solamente como “inútil”, “vieja” o“carga”.
Ahora quienes tienen una responsabilidad pública deberían ser todavía más cuidadosos, porque sus palabras también educan. Una expresión puede parecer insignificante cuando se dice entre amigos, pero cuando la pronuncia alguien que representa a una parte de la sociedad, también contribuye a establecer qué comportamientos consideramos aceptables. No se trata de exigir que los políticos sean perfectos ni de prohibirles equivocarse. Se trata de recordar que la libertad de expresión también implica hacerse responsables de lo que comunicamos.
Las canas que ahora vemos en nuestros padres algún día estarán en nuestro propio cabello, y aquello que hoy nos parece lejano formará parte de nuestra propia historia. Ojalá para entonces hayamos construido una sociedad en la que envejecer no sea motivo de vergüenza ni de burla, sino una etapa de la vida que merezca respeto.
Envejecer no nos quita dignidad. Nos da experiencia, memoria y una historia que puede servirle a alguien más. Y quizá esa sea nuestra verdadera responsabilidad: no solamente llegar a tener más años, sino hacer que esos años hayan dejado algo bueno en quienes vienen detrás. Porque una sociedad que desprecia a quienes tienen historia, termina perdiendo también la memoria que necesita para no repetir sus errores.

