Eso que llaman justicia
Por: Juan Vásquez Urdiales
Cada vez que un político no tiene nada bueno que hacer, resuelve sus conflictos internos alterando o pretendiendo alterar los principios que rigen la Constitución. A algunos les da por crear realidades alternas para tratar de convertir esas modificaciones en una especie de espejo de Dorian Gray. Es “el yo no fui” como lo mandata la Constitución nuevecita recién reformada exprofeso.
Durante más de cien años, la Constitución ha estado casi siempre a expensas de los poderosos: Eso no es nuevo ni empezó este sexenio ni el anterior. Lo malo es cuando se introducen cambios que alteran el equilibrio de poderes o se modifican de tal manera que se desdibujan o se diseña una nueva ingeniería constitucional.
Así, la Suprema Corte ha pasado por diferentes tipos de integración, no porque sea la mejor, la menos mala o la peor, sino porque es la ocurrencia del momento, sin reflexión, al vapor, al ahí se va, al aiga sido como aiga sido.
¡Que lejos está eso de un Estado democrático de derecho!, esto último, una verdadera utopía nacional, que solo se acercó un poco cuando un verdadero líder nacional alcanzó la presidencia en 1918. Sus resultados los juzgará la historia.
Sin embargo, la administración de justicia la han traído y llevado al antojo de los poderosos. La elección que llevó a la Presidencia de la Suprema Corte de Justicia a Hugo Aguilar, no es la elección del acordeón, como con absoluto coraje le dicen quienes perdieron sus privilegios, sino un vistazo a esa realidad alterna para algunos, presencial para la mayoría, los sin voz, que por fin alcanzan a caminar por un sendero más justo y equitativo, sin ser pisoteados por esos poderosos que no alcanzan a ver que estamos viviendo una nueva realidad, les guste o no, y que esa realidad democrática ni va a cambiar ni dará marcha atrás.
Ese es el tema, el punto de inflexión: ¿Es necesario darle una pulida a la Constitución? Si, es necesario. Para adecuarla, para pulir sus puntos contradictorios, para lograr que la parte orgánica quede bien congruente.
Pero ya no habrá marcha atrás en materia de derechos sustantivos. A Hugo Aguilar, mi paisano, a quien por cierto no conozco en persona, lo han llamado peyorativamente de la peor manera. Y él se mantiene imperturbable, con la dignidad propia de los pueblos indígenas que muchos no quieren aceptar.
Algunos incluso señalan que habla mal el español, sin pararse a reflexionar que habla al menos dos idiomas y su lengua materna no es el español. Pero, pero, habla el idioma de la justicia, el idioma de la dignidad. Lo cito: “La reforma judicial nos recordó algo esencial: la justicia no puede ser distante ni indiferente. Tiene que ser una herramienta real de protección de derechos, tiene que ser cercana, tiene que ser humanista”.
Los doctos togados del pasado hablaban un refinado idioma de corte científico alejado años luz del pueblo. Hugo Aguilar habla el idioma del pueblo, para el pueblo. Millones y millones de mexicanos lo entienden y están de acuerdo. ¿Y los puristas togados del pasado? ¡Listos para el basurero de la historia!
No nos engañemos: El golpe de timón de nuestro país fue brutal, como brutales eran (y siguen siendo) las condiciones de vida de millones de personas en nuestro país. Hay que preguntarles a los doctos si no les da vergüenza defender sus privilegios ante la desgracia de los demás. Las fabulosas Togas y Birretes fastuosos en contraste con un taco de sal y una jícara con agua como único alimento en estados como Guerrero, Oaxaca y Chiapas, pero ¡Oh sorpresa! También en Ciudad de México, Edomex, Nuevo León, Jalisco. No hay que ir muy lejos. Negarse a verlo, a aceptarlo, es ser ciego ante una realidad de dolor que abruma.
Más vale ese golpe de timón que un escenario como el que pinta Víctor Hugo en su libro “El 93” México no es de unos y otros. Todos somos mexicanos. Todos necesitamos que se nos respeten nuestros derechos más elementales, a la vida, a la dignidad, a la integridad. Vida, comida, medicinas, lo básico, no lo superfluo.
Titánico esfuerzo que no se acabará mañana. Llevará años. Años en los que las personas, si bien no dejarán de sufrir esta realidad absurda, sí lograrán vivir mejor. Un poco mejor.
¡Ah! ¡Eso que llaman justicia!

