Lo civilizado y lo bárbaro
Por: Dra. Ilian Yasel Iradiel Villanueva Pérez
En estos días resuena, no en lo velado, sino en lo explícito, una dicotomía añeja: lo civilizado y lo bárbaro. Foros sobre disculpas debidas y no dadas o dadas y no debidas. Ambos bandos enarbolan razones para exigir o para negar un auténtico “lo sentimos”.
Esta dupla –civilizado/bárbaro– de nacimiento antiguo tuvo, por un lado, la polis, como sinónimo de lo primero y, por otro, aquéllas poblaciones que no hablaban griego, en referencia a lo segundo. Luego, el imperio Romano la retomó para referirse a los pueblos conquistados. Cada imperio ha encontrado en esta dualidad, el elemento correcto para justificar su avance político, territorial y expansionista, con el consecuente uso de la naturaleza, el extractivismo y el abultamiento de su riqueza. Así, la idea de lo civilizado, sindicado con el progreso, el desarrollo, la distinción, el conocimiento, la ciencia y el avance técnico mientras que lo bárbaro, con el atraso, lo irracional, lo mítico, lo salvaje; continúa su recorrido hasta nuestros días.
No es que se niegue o se reniegue de la riqueza de una raza nueva, mestiza, fuerte, que transformó el mundo y su división geopolítica. Tampoco es, el negar que esa transformación fue dolorosa y opresora para quienes ya estaban en este pedazo del mundo. ¿Por qué el reconocer el sometimiento, la opresión y el borramiento del otro, cuesta tanto? No se desdibuja, con ello, lo legado de una raza naciente, pero se asume una historia que no fue bondadosa.
Ese reconocimiento no implica el desconocer la maravilla de ser hispano hablante, de nacer en la América mestiza; implica el ver al otro, que ya estaba aquí -y tenía su propio idioma, organización, civilización- desde una posición de igual; que no nos dividimos entre los avanzados ni los salvajes. Que disculparse por no valorar la riqueza cultural ajena constituye un acto “civilizado”; que negarse a asumir, un yerro que perpetúa la opresión.
Qué, si nos detenemos un poco y reconocemos que, quizá, lo civilizado y lo bárbaro no es más que una ficción para justificar el “nosotros” que subyuga a los “otros”. Qué, si entendemos que nuestra forma de ver y entender el mundo puede dialogar con otras maneras de vivir en el mundo; qué, si advertimos que en el sur global, del que venimos, hay saberes que fortalecen la democracia; qué, si entendemos lo plurinacional de la nación.
No se trata de unas “palabritas” bien intencionadas. Se trata de ver este pedazo del mundo al que llamamos patria como un espacio geopolítico en el que las experiencias humanas son diversas y la vida social se matiza del reconocimiento de pertenencia a un determinado grupo social.
Se trata de no desconocer que la Disputa de Valladolid convocada en 1550 por Carlos V sobre los pueblos indígenas sigue presente. Aún hoy, se observan de forma velada ecos de Juan Ginés de Sepúlveda: “el sometimiento de los indios se justificó porque son los esclavos naturales. Por tanto, en la medida en la que se resisten a la dominación natural y justa, serían culpables de su propia aniquilación”. Parece que la denuncia de Bartolomé de Las Casas sobre la declaración de inferioridad de los indígenas, continúa como un artificio para saquear sus territorios, negar sus saberes, su organización social, su gestión de conflictos y su derecho a seguir y a estar.
No es posible entender la democracia si buena parte de la experiencia humana es constantemente excluida. Es necesario encontrar herramientas y marcos categoriales distintos que nos permitan un diálogo respetuoso entre la diferencia. Sin duda, el derecho tiene mucho qué decir, aunque parezca que lo ha dicho todo desde su unidad, pero, es justo por eso, que en realidad no ha dicho sino lo mismo. En otro momento hablaremos de expandir el dialogo jurídico y qué papel juega el pluralismo en todo esto.

