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La confianza de las personas, la brújula que guíe al sistema de justicia

Por Claudia Valle Aguilasocho

El derecho, en su concepto más sencillo, es un conjunto de normas creadas para garantizar la convivencia en sociedad, dirigidas a personas jurídicas -entes del estado y personas morales- así como a personas de carne y hueso.

En un primer escenario -en el espacio de lo público-, el derecho delinea la organización del estado y su funcionamiento. En el mundo de las relaciones entre particulares, entre las personas de a pie, tiene una función equilibrante ante el posible choque de los derechos de unos y otros, de unas y otras. Tenemos un tercer estadío de relaciones normadas por el derecho, las que se dan entre personas -físicas y morales- con la autoridad.

Los tres niveles de interacción en que coinciden los sujetos destinatarios de la norma justifican la amplitud del derecho. El punto crucial – y aquí está el dilema-, es si el derecho cumple el propósito para el que fue concebido: la convivencia armónica entre los sujetos o entes que regula y en el plano central, si su vigencia y orden de respeto conducen a la justicia.

Por su parte, la justicia, entendida como el mecanismo que debe privilegiar el ejercicio de los derechos y libertades que nos corresponden, y como la barrera más fuerte ante las arbitrariedades, es el resultado esperado cuando el derecho y orden social van en una misma dirección.

Si con el derecho no logramos hacer que la justicia prevalezca sobre lo injusto, sobre lo incorrecto, tenemos un llamado de alerta -una bandera roja – que exige replantearnos cómo estamos dando vigencia, cómo estamos entendiendo y cómo estamos aplicando la Ley.

Sumemos a lo anterior otro escenario más: la creencia personal y la idea colectiva de que quien infringe la Ley difícilmente recibirá un castigo.

Esa visión real de impunidad propicia un ambiente riesgoso de frente al estado de derecho, al orden de la Ley y al ambiente social. Lastima fuertemente la idea de la justicia y suma otro componente en extremo complejo: da origen a incentivos para pasar por alto los parámetros más esenciales de vivir conforme a las reglas de respeto mutuo y del respeto a la norma legal.

Según la Encuesta Nacional de Cultura Cívica del INEGI realizada en 2020, solo el 6.2% de las personas entrevistadas dijo tener mucha confianza en quienes impartimos justicia, mientras que el 44% indicó que las leyes se respetan poco en nuestro país.

Si tenemos claridad en que la justicia y el derecho son imprescindibles en todo estado democrático, la lucha que debemos dar es en pro de fortalecerlos; accionarnos a favor de construir y fortalecer la confianza en el derecho y en el sistema de justicia.

Vivir en un país que apuesta por el estado de derecho implica sumar a la garantía de acceder a los derechos propios y respetar los de los demás.

No podremos formar lazos fuertes al interior de la sociedad y alcanzar metas comunes, sin confianza, eso está absolutamente claro, como también lo está que la confianza no es un bien que podamos dar por sentado, partimos del extremo opuesto, la confianza se construye, no podemos esperar que emerja en forma espontánea, sustentada en la nada.

¿Cómo tener de nuevo confianza? Buena parte de la confianza en las instituciones, incluidas las del sistema de justicia, surge de la observancia del derecho y del cumplimiento de las normas que garanticen un respaldo, cuando los acuerdos se rompan y los deberes se ignoren.

El derecho, como pocas creaciones sociales tiene una de las más potentes virtudes: puede vincular voluntades entre individuos y autoridades. En esa unión, que hoy reconocemos sumamente compleja, la confianza debe resurgir, fortalecerse y valorarse, con más fuerza que nunca.

En la oportunidad que brinda el nuevo modelo de designación de personas juzgadoras, en la transformación del sistema judicial por el que apuesta la reforma reciente, merecer la confianza de las personas que buscarán la protección de sus derechos, debe ser la meta superior. Si la alcanzamos, significará que el derecho y la justicia finalmente estrecharon sus manos.

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